Allá lejos, dónde termina la bahía, se ven unos niños morenos que corren y juegan. Se revuelcan en la arena y se entrelazan, y se desenredan. ¿Acaso ellos serán Latinoamérica?
La tierra es tierra, y los lugareños la trabajan como pueden, o deberíamos decirle como deben.
Las palabras son difíciles, se escapan de los diccionarios y se van nadando por el lago titi caca. ¿Cómo se escriben, dónde se perdieron? La gente dice que no sabe, no saben cómo se dice, ¿y cómo se escriben? Tampoco saben.
Entonces algunos miran preocupados la cosecha y otros sonríen como si nada sucediera. Cuantas mujeres curtidas al sol, cuantos niños sin niñez. Acá se piensa distinto, quizás porque la vida es otra o porque el pan no sobra, o porque el cielo es menos celeste para algunos.
Latinoamérica rebalsa pero no la veo. En los rostros hay rastros, y en los silencios se inunda el aire de voces que callan (qué lo digan, qué lo digan de una vez, que lo griten, que lo saquen de adentro tanto que no quepa en el mapa, el mapa que está lleno de agujeros, de gente que vive en los agujeros). ¿Los agujeros serán Latinoamérica?
Sólo levantar la vista para empaparse de su belleza, de sus vientos de montañas, ríos y lagos, ruinas de otros tiempos robados, pero Latinoamérica se esconde ante las preguntas ¿habrán robado también las respuestas?
Y allí, en cualquier rincón de su extensión, una humanidad que flota en los ojos de una niña o en las manos de un viejito con sombrero. Y miles y miles de pies cansados que caminan rutas compartidas, que sufren las mismas lluvias, que se acompañan en los días que transcurren religiosamente y nunca frenan.
Cuantas cosas de estas tierras que nadie nunca ha mirado. En cada casa una historia, algún mito que duerme en el horno de barro, que se amasa, que se huele, cuanta magia entre el adobe y la paja, entre la coca y la chicha.
¿Y dónde ha muerto entonces tanta vida? ¿Quién es dueño de la tierra, si los que han nacido en ella pagan alquiler?
Latinoamérica late, en la calidez y en el caos, en su crueldad y su lucha, en su injusticia y su arte.
Y no se puede caminarla sin contradicción, sin enjuagarse la boca de impotencia por tanto engaño, que ha dejado tanta verdad dolorosa.
Por eso uno no puede recorrerla sin intentar buscarla, sin preguntarse por ella, sin desear absorberla.
Entonces uno cae en la vieja trampa, y se enamora como cuando uno ama lo imposible, con tanta fuerza y tanta ilusión que la sufre y la sangra, y dejarla morir, es morirse, y luchar por ella, una necesidad.
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este texto está tan lleno de todo! las palabras vibran de una manera...
ResponderEliminar:)
hermoso texto juli! la verdad me gustó mucho. lo escribis de un lugar muy particular.
ResponderEliminarun abrazo
Señora, la felicito, es increible su relato. Me ha dejado boquiabierto, pero me suena haberlo leido antes, sin embargo me parecio tan brillante como fresco, me hizo acordar nuestro viaje por la Bolivia y el Peru.
ResponderEliminarLe amo señora de las dos decadas y medias.