
-Ahí están, allí vienen a buscarte-escuché que me susurraba con voz temblorosa quién estaba en la cama de al lado.
Era la hora temida para mí, escuchaba los pasos firmes que se acercaban por el pasillo angosto y lúgubre. En algunos momentos iba a ser arrastrada sin piedad ni paciencia al pelotón de fusilamiento.
Cuando sentí la presencia fatal de mis ejecutores, el ruido de unas llaves pesadas abriendo aquella jaula que encerraba lo que quedaba de mis sueños, el miedo recorrió cada centímetro de mi cuerpo y la angustia me consumió entera. Sentí a la desesperación penetrar mis huesos cansados, entregados a su suerte, dispuestos a no resistir el más mínimo forcejeo.
Allí me desperté, exaltada, nerviosa, transpirando. Lejos del alivio de quién aleja una pesadilla, me veía invadida otra vez por aquel sueño aterrador, persistente y premonitorio. Alguna de estas noches la pesadilla se volvería palpable, real, algún día vendrían a buscarme y ya no tendría que imaginar el momento del encuentro con la muerte.
La ansiedad de lo inevitable me envolvía, y aunque de a momentos quería extender la agonía de vivir esperando el final, por otros, deseaba con intensidad que la noche fijada llegara por fin y terminara así con mis días asfixiantes.
Mientras, sólo podía esperar y ver las horas vacías consumirse sin sentido, en aquella celda fría, oscura, pequeña, sucia. Sólo podía respirar ese clima pesado, cargado de tristeza que me cerraba el pecho en cada bocanada de aire.
En las noches eternas, con la dificultad para conciliar el sueño, me acostaba boca arriba en el colchón duro e incómodo con el que convivía, y recordaba momentos en dónde había sido feliz, y entonces casi lograba sonreír.
Otras veces, abatida, había tratado de imaginar cómo sería aquel lugar horroroso llamado “Pelotón de fusilamiento” con ese nombre tan solemne, pero cada vez que lo intentaba, la impotencia de mi destino inevitable llenaba mis ideas de amargura. Acaso era en vano tratar de imaginar un lugar tan fatídico, de todas formas no tendrían siquiera la intención de invitarme a mirar la vida por última vez.
Seguro me vendarían los ojos, tampoco me dejarían expresar el remolino de sensaciones que en aquel momento sentiría, y sin duda alguna, no me preguntarían si tengo algún mensaje que quisiera hacerle llegar a alguna persona, porque mis palabras para ellos no valen nada, y cada día que pasa, yo también me convenzo de eso.
Entre tanta oscuridad, había olvidado el color del cielo las mañanas de primavera, y el olor de las margaritas de mi jardín, extrañaba los ocasos al borde del río, tocando la guitarra, compartiendo ilusiones con las personas que amaba.
Me había acostumbrado a un olor nauseabundo, a convivir en la más indigna precariedad, entre la humedad, los roedores, y mi cuerpo descuidado, desnutrido adornado de moretones. Al principio había construido una sensación de repulsión hacia mí, sentía asco de verme en la más inhumana humillación, con el tiempo, aprendí a aceptar aquel retazo de persona en la cual me habían convertido.
Una madruga al fin llegaron a mi celda, los esperaba despierta, como siempre lo estaba la mayor parte de la noche, pero al darme cuenta que la hora inevitable se incorporaba ante mis ojos, lejos de temer, me levanté sin prisa, tomé aire y caminé hacia mi destino a paso firme, tranquila, disfrutando la más hostil de las situaciones vividas en mi corta existencia. Me había alimentado de miedo durante tanto tiempo, que en ese instante no pude más que sentir satisfacción, y mientras me vendaban los ojos, me sonreí.

Alguno de esos griegos con tiempo de pensar,en la antiguedad, cuando el tiempo pasaba mas lento, y no se perdian los colectivos, ha dicho, o dicen que ha dicho, esto.
ResponderEliminar"La fuente de todas las miserias para el hombre, no es la muerte, sino el miedo a la muerte"
Alimentarse del miedo creo q hace no ver tan funesto el momento del final.
ResponderEliminarLa vida lo de muestra todos los dias con sus peqños ocasos.
Igual creo q no me pararia frente al peloton de fusilamiento sonriendo, quizas seguro, pero no sonriendo.