lunes, 25 de agosto de 2008

Atomo absurdo


-Ahí están, allí vienen a buscarte-escuché que me susurraba con voz temblorosa quién estaba en la cama de al lado.

Era la hora temida para mí, escuchaba los pasos firmes que se acercaban por el pasillo angosto y lúgubre. En algunos momentos iba a ser arrastrada sin piedad ni paciencia al pelotón de fusilamiento.

Cuando sentí la presencia fatal de mis ejecutores, el ruido de unas llaves pesadas abriendo aquella jaula que encerraba lo que quedaba de mis sueños, el miedo recorrió cada centímetro de mi cuerpo y la angustia me consumió entera. Sentí a la desesperación penetrar mis huesos cansados, entregados a su suerte, dispuestos a no resistir el más mínimo forcejeo.

Allí me desperté, exaltada, nerviosa, transpirando. Lejos del alivio de quién aleja una pesadilla, me veía invadida otra vez por aquel sueño aterrador, persistente y premonitorio. Alguna de estas noches la pesadilla se volvería palpable, real, algún día vendrían a buscarme y ya no tendría que imaginar el momento del encuentro con la muerte.

La ansiedad de lo inevitable me envolvía, y aunque de a momentos quería extender la agonía de vivir esperando el final, por otros, deseaba con intensidad que la noche fijada llegara por fin y terminara así con mis días asfixiantes.

Mientras, sólo podía esperar y ver las horas vacías consumirse sin sentido, en aquella celda fría, oscura, pequeña, sucia. Sólo podía respirar ese clima pesado, cargado de tristeza que me cerraba el pecho en cada bocanada de aire.

En las noches eternas, con la dificultad para conciliar el sueño, me acostaba boca arriba en el colchón duro e incómodo con el que convivía, y recordaba momentos en dónde había sido feliz, y entonces casi lograba sonreír.

Otras veces, abatida, había tratado de imaginar cómo sería aquel lugar horroroso llamado “Pelotón de fusilamiento” con ese nombre tan solemne, pero cada vez que lo intentaba, la impotencia de mi destino inevitable llenaba mis ideas de amargura. Acaso era en vano tratar de imaginar un lugar tan fatídico, de todas formas no tendrían siquiera la intención de invitarme a mirar la vida por última vez.

Seguro me vendarían los ojos, tampoco me dejarían expresar el remolino de sensaciones que en aquel momento sentiría, y sin duda alguna, no me preguntarían si tengo algún mensaje que quisiera hacerle llegar a alguna persona, porque mis palabras para ellos no valen nada, y cada día que pasa, yo también me convenzo de eso.

Entre tanta oscuridad, había olvidado el color del cielo las mañanas de primavera, y el olor de las margaritas de mi jardín, extrañaba los ocasos al borde del río, tocando la guitarra, compartiendo ilusiones con las personas que amaba.

Me había acostumbrado a un olor nauseabundo, a convivir en la más indigna precariedad, entre la humedad, los roedores, y mi cuerpo descuidado, desnutrido adornado de moretones. Al principio había construido una sensación de repulsión hacia mí, sentía asco de verme en la más inhumana humillación, con el tiempo, aprendí a aceptar aquel retazo de persona en la cual me habían convertido.

Una madruga al fin llegaron a mi celda, los esperaba despierta, como siempre lo estaba la mayor parte de la noche, pero al darme cuenta que la hora inevitable se incorporaba ante mis ojos, lejos de temer, me levanté sin prisa, tomé aire y caminé hacia mi destino a paso firme, tranquila, disfrutando la más hostil de las situaciones vividas en mi corta existencia. Me había alimentado de miedo durante tanto tiempo, que en ese instante no pude más que sentir satisfacción, y mientras me vendaban los ojos, me sonreí.

domingo, 24 de agosto de 2008

Poema Ombligo


Yo me quiero mudar a tu ombligo.

amontonar besos para dártelos todos juntos y vertiginosos,

no sea cosa que el instante se nos escape de entre los dedos

y lo efímero nos invite a su despedida.


Yo quiero convidarte siestas cuando no puedas dormirte,

sin mapa, sin llaves, sin rumbo para el deseo,

y algún bolero falaz para desparramarnos por el piso

y violarnos la boca con una falta de moral importante.


Yo quiero desafiarte, vamos a darnos guerras, vamos a darnos fiestas,

saltar las sombras y sangrarnos de ansiedad entre las luces,

colgarnos de algún tren hacia ningún lado y narcotizarnos de miedo,

quizás la luna baje alguna noche y al fin debata con nosotros del amor.

jueves, 21 de agosto de 2008

Algo de magia

La vida es un poco esto, volver a buscarse, a encontrarse y descubrir que hay cosas que nos faltan aprender.

De golpe te cruzas un ser distinto, que te llena de una intensa humanidad que brilla, un ser que no esta muerto, que tiene más vida que otros, y de pedazos y retazos construye sueños.

Un ser como desencajado, venido de otro planeta, pero con algo de magia, y allí se produce un cambio, que no se sabe bien qué es. Pero se produce y para siempre.

Y entonces no podemos olvidar de que afuera hay una noche, de que sabemos cantar, que la vida sigue viviendo, aunque intentemos morir o matarla.

Y entonces no podemos renunciar a la locura de un beso, al aire cálido de enero, a un ocaso frente al río, a una valija cargada de utopías para llevarla colgando...

Sabemos que la vida espera, siempre espera, mientras aprende a ser vida.

(Un poco mío, un poco de M. Hortensia Lacau, de su libro “Con algo de magia”).

En el medio


Entre hojas sueltas y desparramadas

Entre libros,lápices,y ropa en el suelo

Entre ser y no ser

Entre antropología,sociología y arte

Entre danzas de todo tipo y colores

Entre cuentas pendientes,y teléfonos

Entre irme y quedarme

Entre entregarme y defenderme

Entre volar y caminar lento

Entre contigo y sin ti

Entre ustedes y nosotros

Entre moretones y curitas

Entre olvido,perdón y recuerdos

Entre delirios y coherencias

¿Cuántos entres me faltarán para entrar en algún lado?

Pequeño relato violeta



Entró desnuda a la estación, dando saltos apurados. La corría la policía desde la plaza, dónde se había despojado de la ropa y de la vergüenza.

Un muchacho la miró con pena, y quiso gentilmente darle su abrigo, era una mañana un poco fría para toda esa desnudez.

La muchacha se deshacía en una piel blanquísima, y tenía unos ojos castaños tiernamente desquiciados.

Ante la mirada atónica de la gente, sintió pudor, y se tapó con unas manos temblorosas sus partes íntimas.

Sus ojos luminosos, se cristalizaron hasta perderse en el infinito, más de un espectador se sintió estremecer de angustia, la pobre muchacha desnuda, comenzaba a llorar.

El muchacho del abrigo, se acercó y le preguntó si estaba bien, el cielo se empezaba a oscurecer y las nubes tornaban a un hermoso color violeta. Ella respondió con la cabeza, y le dijo que si, mientras miraba al cielo asombrada.

Volvió a insistir el muchacho con su sincera gentileza, y sacó de su bolsillo algunas monedas y dos billetes. La muchacha le dijo que no, en un silencioso gesto. De pronto, toda la tristeza que se perpetuaba en su rostro desapareció en la más dulce sonrisa, la escena del cielo violáceo la había llenado de vida.

Para ese entonces, la perfecta inmovilidad, el tiempo sin tiempo, las almas flotando, el aire volando, se quebraron en el grito de la policía que pedía detengan a la loca desnuda.

La muchacha esperó el encuentro inevitable, y se rió de su suerte.

Mientras la subían al móvil, le gritó al muchacho gentil: “Que utopía es la libertad, y sin embargo no dejo de soñarla”